En el corazón de una rosa

Pidió una rosa, una de esas que antes florecían en su jardín. A pesar de que sabía que probablemente ya nadie lo cuidaba, que la casa hacía mucho que había quedado vacía mientras su cuerpo yacía en esa cama, incapaz de sostenerse, incapaz muchas veces de comprender dónde estaba, con la única visión de la blancura de las paredes y el pitido de los aparatos médicos.

Perdido

Tom estaba perdido entre la gente. Por lo menos parecía gente, aunque él no lo vislumbraba con claridad. El rostro de algunos era deforme, estrafalario, terrorífico; otros se ocultaban tras brillantes y elaboradas máscaras llenas de cuentas, plumas y lentejuelas que solo dejaban ver el brillo de sus ojos a través de dos pequeños agujeros.